CÁCERES



En pleno corazón de la sierra de Montánchez, la hermosa villa de Montánchez se eleva, cerro arriba, sobre la planicie cacereña, ofreciendo hermosas vistas que pueden dar idea acertada de la riqueza paisajística de estas tierras: inhóspitas cumbres de roca granítica de hasta 1.000 metros de altitud, cuyas faldas, más húmedas y sombrías, acogen progresivamente, bosques de castaños, robles y alcornoques, encinares y terrazas destinadas al cultivo de vides y olivos. Montánchez, genial mirador natural desde el que se divisan hasta una treintena de poblaciones de Cáceres y la cercana Badajoz, resulta así punto ideal de partida para todo aquel que quiera conocer y disfrutar de la variedad y contrastes de paisaje que Extremadura ofrece.

El empinado cerro sobre el que se asienta esta encantadora villa está presidido por un majestuoso castillo de origen probablemente romano que, a lo largo de la historia, por su valor estratégico, sería ocupado por musulmanes y cristianos. Tras su definitiva conquista por parte de estos últimos, su control pasaría a manos de la Orden de Santiago, bajo cuyo mandato se realizarían numerosas obras destinadas a mejorar el carácter defensivo del lugar y que convierten al de Montánchez en fiel muestra de lo que fueron los castillos de la Reconquista durante la Edad Media.

A sus pies, intrincadas calles serpentean ladera abajo. Merece la pena perderse en los vericuetos de Montánchez y observar cómo su trazado y arquitectura dan testimonio hasta nuestros días de las diferentes culturas que allí convivieron: judíos, árabes, cristianos. Especialmente hermoso es el barrio llamado “El Canchalejo”, con casas de piedra de una sola planta, encaladas de impoluto blanco y cubiertas con tejas árabes que se asientan al borde mismo de un acantilado pedregoso. Por sus peculiares características en cuanto a ubicación y disposición, alejada en cierta medida del núcleo principal, todo indica que originalmente, éste era el barrio judío, punto que más tarde nos confirmarán los propios vecinos.

Continuando con la bajada al centro de este pueblo de genuino sabor medieval descubriremos su idílico casco antiguo, con encantadores rincones que se esconden en angostas callejuelas empedradas. Arcos de herradura que unen edificios, pequeñas escalinatas que sirven de pasadizo entre calle y calle, sólidas casas solariegas con portadas a menudo decoradas por esculturas religiosas, blasones y escudos nobiliarios. Encontramos incluso testigo pétreo de la presencia de la Inquisición en este lugar, en la fachada de la casa de Don Juan Alonso Arroyo, comisario del santo oficio que aquí moraba. Nuestro paseo nos conduce a la Torre del Campanario, curiosamente separada de la Iglesia; no forma parte, como sería lo habitual, del templo, sino que se trata de una construcción independiente, de asombrosa altura, erigida en una balconada natural desde donde podremos contemplar bellísimas vistas panorámicas de Montánchez y los pueblos cercanos.

Montánchez cuenta con

hasta cinco ermitas y

una iglesia en su núcleo urbano


Tras visitar algunos de los numerosísimos monumentos diseminados a lo largo y ancho de la población, en su mayoría de índole religiosa (Montánchez cuenta con hasta cinco ermitas y una iglesia en su núcleo urbano, sin olvidar la hermosísima ermita dedicada a la Virgen de la Consolación, intramuros del castillo, que acoge una talla de época visigoda), nos dirigimos al centro neurálgico de esta encantadora villa: la Plaza de España, cuyos pórticos y la majestuosidad de sus edificios dotan de singular belleza. Centro de la vida comercial y social, en sus tabernas y bodegas podremos degustar el producto estrella de Montánchez, el jamón ibérico, así como un sinfín de exquisitos platos derivados de la matanza: chanfaina, cachuelas, orejas o rabo de cerdo, migas con torreznos… todo ello regado con un excelente vino de la tierra, fruto sin duda de los numerosos viñedos que las cooperativas trabajan en los alrededores del pueblo.


Es en una de estas tabernas donde da comienzo la parte del viaje que mejor sabor de boca ha dejado en estos dos viajeros: literal y metafóricamente. En cuanto a lo literal, creo que no es necesario hablarles de las bondades del cerdo ibérico, pues temo aburrirles, pero puedo asegurar que es del todo imposible no reconocer que el prestigio internacional del que goza el producto de Montánchez no es para nada inmerecido. La crianza, matanza y posterior degustación de estos gorrinos criados en la dehesa y alimentados con bellota, no es en Montánchez un simple negocio, sino más bien una forma de vida tradicional que ha pervivido hasta nuestros días gracias al amor, dedicación y buen hacer de sus habitantes. Un amor que saben transmitir y hacer sentir como propio al visitante, dando muestra de una increíble hospitalidad.










Cómo irse con mal sabor de boca de un lugar donde nos han abierto las puertas de sus casas, de sus secaderos, de sus bodegas, con tanta amabilidad y siempre dispuestos a hacernos de improvisados guías turísticos? Tal vez Montánchez sea reconocido a nivel internacional por la calidad de sus productos cárnicos, pero, de lo que a estos dos que suscriben, no les cabe la menor duda, es de que mayor reconocimiento merece la calidez de sus paisanos. Sule, de la posada El Escudo, que con tanta simpatía nos orientó durante toda la estancia, J. Carlos, gerente de Casa Bautista, uno de los más reputados secaderos de jamón, que con tanta paciencia resolvió todas y cada una de nuestras curiosidades acerca de la elaboración y posterior degustación de tan exquisito producto, la Sra. Mª Jesús y D. Vicente Moreno, que, pese a la delicada salud de éste, nos mostraron la bodega particular de su casa en una larga y agradable visita durante la cual pudimos conversar acerca del pasado, presente y futuro de Montánchez, a través de sus propias vivencias. Y la castillera: ese misterioso personaje, encargado de custodiar la ermita de la Virgen del Castillo, que, sin haber conseguido llegar a conocer, nos parece del todo maravillosa, por residir junto a su familia en tan alucinante lugar y encomendada a tan infrecuente trabajo. Todos ellos harán que Montánchez sea, por siempre, no sólo historia escrita en piedra, sino historia viva en nuestro recuerdo.

 
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No sólo por su Castillo es conocido Montánchez como “Balcón de Extremadura”: desde sus almenas podremos disfrutar de maravillosas vistas de los llanos cacereños así como de la Sierra de San Pedro; en sus calles, en sus gentes, en su gastronomía, encontraremos un magnífico anticipo del rico legado que durante siglos ha ido conformando el mestizaje y la unión de culturas que en tierras extremeñas se han dado cita a lo largo de la historia.

MONTÁNCHEZ: tradición y sabor

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Textos: Loreto Castaedo

Fotografía: Andrés Molina

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